Era un día frío, lluvioso y gris.
La señora miró preocupada al hombre que se le acercaba, hacia más de una hora que estaba allí sin conseguir ayuda, pero, quien se aproximaba no tenia muy buen aspecto, podría tratarse de un delincuente. Más no había nada por hacer, estaba a su merced.
Se veía pobre y hambriento. Heraldo se dio cuenta e intentó tranquilizarla: